Estuve el miercoles en Rafaela.
Los medios, eco de las versiones policiales, perfilaban con cautela la hipótesis de la venganza represiva contra la principal testigo de la causa Brusa, pero preferían claramente la idea del crimen por robo.
La saña empleada por los matadores es, evidentemente, contraria a la teoría favorita del paladar policial-mediático. Por ello, al principio se habló de 12 puñaladas, luego de sólo 4, incluso de 3.
Tal vez el número de puñaladas continúe reduciéndose, llegando a ser de cero. (Siendo vox populi que el grueso de los funcionarios policiales no sabe contar, esta progresiva extinción en la cantidad de heridas dejaría de ser escandalosa y quedaría satisfactoriamente explicada). Tras la definitiva erradicación de toda puñalada, supongo, Silvia Suppo cesaría en su carácter de asesinada. Al verificarse su ausencia continuada de los lugares que frecuentaba adquiriría el estatus de desaparecida –nada que deba preocuparnos– y de acá a 30 o 40 años su caso sería justicieramente resuelto.
Más allá de las narrativas de la ciencia ficción policial y del sicariado periodístico, la chusma callejera rafaelina tiene relato propio: “la mataron por haber hablado en el juicio; si no, un crimen así, en Rafaela, a esa hora y en el centro, no pasa. No señor”.


Yo estuve en Rafaela en la marcha por Silvia Suppo. Alrededor de 600 personas se congregaron en la plaza 25 de mayo. Un sinnúmero de adhesiones que iban desde agrupaciones de izquierda y hasta el obispado de Rafaela le dieron contenido a este clamor por Justicia y esclarecimiento del crimen.
Llama la atención de que “dos trapitos”, como dicen por aquí, fueran los únicos responsables del asesinato. Y que la cana, desde ya, quiera cerrar ya el caso con la captura de los pibes.
Lo cierto es que para Rafaela, ciudad conservadora si la hay, se despertó y se movilizó por el asesinato de la compañera. Una mención especial para las compañeras del colectivo de mujeres “Enredadera” que estuvieron al frente de la organización, repartiendo volantes y afiches con el rostro de Silvia.
Rafaela ya no es lo mismo.
MASIVA MARCHA EN RAFAELA RECLAMO POR EL CRIMEN DE SILVIA SUPPO
Gritos llenos de dolor y bronca
Más de 1200 personas recorrieron 800 metros en un día lluvioso para reclamar por el esclarecimiento de un homicidio que la policía presume como un robo, pero que pocos rafaelinos creen, porque otras sospechas corren de boca en boca.
Por Juan Carlos Tizziani
Desde Santa Fe
Página/12
Fue una marcha del silencio alrededor de la plaza central que en Rafaela es el doble de grande de otras ciudades. Un recorrido de 800 metros en un día lluvioso y frío que terminó en grito de dolor: “¡Silvia Suppo! ¡Presente! ¡Hoy y siempre!”. Y en una demanda: “Verdad y justicia? para un crimen que la policía presume como un robo, pero que pocos creen en Rafaela porque otras sospechas corren de boca en boca. Más de 1200 personas respondieron ayer al llamado de los dos hijos de Silvia, Andrés y Marina Destéfani, una convocatoria que sorprendió a muchos y ya tuvo su primer impacto: el juez de Instrucción Nº 2, Alejandro Mognaschi interrumpió su descanso de Semana Santa, le pidió a la policía que cierre el sumario y hoy mismo tendría pensado indagar en Tribunales a los dos acusados por el homicidio: “Sosita”, un pibe de 19 años que se negó a declarar en sede policial y su primo de 22 que admitió la autoría del crimen y también involucró a su pariente.
Al frente de la marcha una bandera rompía el silencio y el viento con una pregunta inquietante: “¿Robo o asesinato político? ¡Esclarecimiento ya!”. La portaban Andrés, en un extremo, y en el otro, Marina, con su esposo y su pequeña hija, la nietita de Silvia. Estaban emocionados por la respuesta popular y decenas de adhesiones entre ellas la del obispo de Rafaela, Carlos Franzini pero demostraron un aplomo admirable. Caminaban con las manos entrelazadas.
El punto de encuentro había sido una esquina de la plaza 25 de Mayo, donde nace el bulevar Santa Fe. El intendente de Rafaela, Osmar Perotti, sus secretarios del gabinete y concejales del justicialismo se sumaron a la marcha, aunque lejos del primer plano. Lo mismo hicieron varios legisladores: la diputada nacional Victoria Donda y los diputados provinciales Ricardo Peirone y Rosario Cristinani (Frente para la Victoria) y su colega Antonio Riestra, el único del Frente Progresista.
La ausencia de funcionarios del gobierno de Hermes Binner y de la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia no pasó desapercibida. “No vino nadie porque nos dijeron que la marcha estaba politizada. No entienden nada”, se lamentó un amigo de la familia Desféfani.
Los Desféfani son conocidos en Rafaela. La historia de Silvia era respetada en la ciudad, tanto como su compromiso en la denuncia al terrorismo de Estado y su templanza ante los golpes de la vida. El año pasado falleció su esposo, Jorge Destéfani, poco antes de que él también pudiera declarar en el juicio al ex juez Víctor Brusa y a otros cinco represores santafesinos que fueron condenados de 19 a 23 años de cárcel. “Es gente muy querida. Por eso la marcha tiene una cuadra y media, a pesar del feriado, el frío y la lluvia”, dijo otra participante.
La marcha comenzó a rodear la plaza, en dirección a la Municipalidad de Rafaela. Atrás se levantaron otras banderas: una de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH) y de otros organismos de derechos humanos. Estaban todos: los Hijos, las Madres, Familiares y la Casa de Derechos Humanos de Santa Fe. Y entre los manifestantes, la foto de Silvia se multiplicaba en carteles.
Era un recorrido de ocho cuadras, pero a poco de avanzar el cielo se oscureció y se largó la llovizna. Faltaba una cuadra para concluir la vuelta cuando la lluvia apuró aún más los pasos. Los manifestantes buscaron refugio y se apretaron entonces bajo la Recova Ripamonti, un monumento histórico de Rafaela que hoy está en ruinas. Allí se leyó una larga lista de adhesiones: gremios, organizaciones sociales y políticas y hasta funcionarios municipales, que sólo se acercaron a saludar a los hermanos Destéfani cuando la marcha había concluido.
Los propios rafaelinos estaban sorprendidos por la convocatoria. “Esto es muchísima gente para Rafaela, una ciudad conservadora si las hay. Es viernes santo, muchos se fueron de la ciudad y es un día muy feo”, planteó un tercer participante. A su lado, sobresalían los jóvenes, sobre todo los estudiantes. Y también los amigos y vecinos de Silvia. Más otros conocidos: la directora del Nodo Rafaela, Natalia Enrico; el presidente del Centro Comercial e Industrial, Oscar Parra; el gerente de la Sociedad Rural y varios empresarios.
Bajo el techo de la Recova Ripamonti se leyeron las adhesiones y se recordó la pregunta que atraviesa a la ciudad: “¿Robo o asesinato político? Esclarecimiento ya”. “Creo que nadie en Rafaela cree que esto fue un homicidio por robo y que se les fue la mano. Lo dice todo el mundo, lo dicen en la marcha. ¿Cómo va a ver una cuadra y media de gente un viernes santo si el caso estuviera esclarecido? La gente pidió verdad y justicia”, dijo la abogada de Hijos, Lucila Puyol, que patrocina a los hermanos Destéfani. El último grito fue de dolor y bronca: “¡Silvia Suppo, presente! ¡Hoy y siempre!”.
Informe: Miguel González
Silvia, mucha mujer
Por Carlos del Frade
Miércoles, 31 de marzo de 2010
Esa fue la definición que eligió un sobreviviente del terrorismo de estado cuando se enteró del asesinato de la militante que supo soportar como pocos la sistemática depredación de su cuerpo cuando fue detenida desaparecida en los circuitos de la represión en la zona del Gran Santa Fe.
Acababa de testimoniar en el juicio que se le hizo al ex juez federal Víctor Hermes Bussa, magistrado por pedido del destacamento de inteligencia del ejército y acatado por los senadores nacionales del peronismo a principios de la democracia. Silvia contó una y otra vez lo que le habían hecho y sin embargo estaba allí, de pie sobre las ruinas, abrazada a la memoria como una de las mejores herramientas para construir el mundo que soñaba para su nieta, su gran amor, su nuevo sol después de la pérdida de sus otros amores.
Silvia Suppo era de Rafaela, la perla del oeste santafesino, el lugar que fue tres veces visitado por la presidenta Cristina Fernández en su campaña preelectoral, la ciudad que –según su historia oficial- casi no tiene desocupación y parió al actual presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Guillermo Lorenzetti. Rafaela, la ciudad de las válvulas que se usan en los automóviles de la fórmula 1, uno de los lugares más ricos de la Argentina y que alguna vez tuvo como obispos a Vicente Zazpe, Brasca y Jorge Cassareto, entre otros. La ciudad donde la logia P – 2 también marcó presencia y en la cual, casi una quincena de desaparecidos todavía no tiene memoria escrita porque, según dicen los principales institutos terciarios, no hay que publicar nada hasta que pasen cuarenta años de los hechos. Ciudad de mucho dinero para pocos y una historia oficial que no quiere saber nada de las oleadas de solidaridad y compromiso que marcaron los años setenta. Una parte grande y luminosa de esa oleada era Silvia Suppo, mucha mujer, como dice emocionado el compañero.
El lunes a las diez de la mañana, en pleno centro rafaelino, muy cerca de una comisaría, Silvia fue ejecutada de nueve puñaladas realizadas por un experto.
La policía quiso arrebatar el cuerpo y enseguida sostuvo que se había tratado de un hecho de robo. La reacción de la familia fue fulminante. Exigieron el cuerpo de Silvia y lo llevaron a practicarle una autopsia en la ciudad de Santa Fe.
Hasta la propia vicegobernadora de la provincia, la ex fiscal federal Griselda Tessio comenzó a hablar de sicarios pagados y que es necesario esclarecer cuanto antes lo que sucedió con Silvia.
Cuando el tribunal federal de Santa Fe dictó la condena para los asesinos, para los proveedores de la muerte, hizo especial hincapié en el testimonio de Silvia Suppo.
Ella pensaba en el mundo mejor como siempre lo había hecho. Sentía la necesidad de construirlo. Su nieta era el corazón de esa urgencia.
En algunos lugares muy acomodados de Rafaela y Santa Fe celebraron el asesinato de Silvia.
En la mayoría de las calles de la provincia, en la mayoría de los locales de organizaciones sociales y de derechos humanos, en la mayoría de las escuelas del segundo estado argentino, el nombre de Silvia comenzará a aprenderse como sinónimo de la permanente lucha contra la impunidad, contra el olvido, contra el silencio.
Es que, en realidad, todavía no pudieron con Silvia.
Porque Silvia Suppo, militante de toda la vida, detenida y torturada hasta la perversión en los años setenta, sigue peleando por un futuro sin excluidos, porque Silvia, como dice su compañero, es y será mucha mujer.