Sólo encendiendo la luz se supera el temor a la oscuridad
Cómo perder el miedo
Mario Bunge
Para LA NACION
MONTREAL.- Pasada la medianoche, aparecieron en nuestro dormitorio dos enormes mounties , agentes de la policía montada canadiense. Habían venido a informarnos de que la puerta de la cochera estaba abierta. Cuando les dije que la había dejado cerrada, explicaron que debió de haber sido abierta por la señal de radio de una avioneta que usaba la misma frecuencia que nuestra cerradura electrónica. Les agradecimos y les pedimos que al retirarse cerraran las puertas. No nos levantamos ni firmamos papeles ni, menos aún, tuvimos que ir a la comisaría.
El incidente no nos sobresaltó, duró un par de minutos y provocó solamente un comentario nuestro: “¿Te diste cuenta de que no nos asustamos?” Volvimos a dormirnos casi en seguida. ¡Qué diferencia con nuestra lejana patria! Allá, la vez que me despertó la policía fue para llevarme preso.
En Canadá le habíamos perdido el miedo a la policía. Nunca se nos hubiera ocurrido llamar “cosacos” a los corteses mounties . El Estado no los usa para reprimir manifestaciones políticas, sino para inspirar confianza en el orden público y para atraer turistas. Esa combinación de gran estatura, casaca roja, sombrero aludo y espléndido caballo bayo es digna de tarjeta postal. Impresiona especialmente a los turistas gringos. Pero volvamos al miedo.
El miedo siempre ha sido un arma de dominio, sobre todo por parte de gentes incapaces de inspirar respeto. Tanto es así, que el cerebro de los vertebrados complejos contiene un órgano detector de señales de peligro: la amígdala cerebral. Cuando alguien o algo te amenaza, te estimula la amígdala, la que alerta a la corteza cerebral, el órgano del conocimiento. A su vez, éste ordena inmovilizarse, cubrirse, esconderse o huir.
¿Cómo se sabe esto y mucho más sobre ese diminuto subsistema del cerebro parecido a una almendra? No porque lo dijera tal o cual presunta autoridad, sino gracias a experimentos en los que se monitorea la actividad de la amígdala cuando al paciente se le presentan estímulos amenazantes.
Además, está el caso de los ratones, que les pierden el miedo a los gatos cuando su amígdala es atacada por un tóxico. Sería interesante averiguar si los osados tienen la amígdala cerebral atrofiada y si, en cambio, los tímidos patológicos la tienen hipertrofiada.
Afortunadamente, no estamos a merced de la amígdala cerebral: hay algunos órganos cerebrales que mitigan las reacciones del órgano del miedo. Entre ellos se destaca la corteza prefrontal (la que está detrás de los ojos). Con las demás emociones -en particular, el enojo- sucede algo similar: se puede aprender a controlarlas.
El papel del miedo en la vida social es archisabido: quien pueda amedrentar, podrá dominar. Esto ocurre en todas las organizaciones, desde la barra de muchachos y la banda de delincuentes hasta el Estado, pasando por la empresa, la escuela, la Iglesia y el partido.
La lista de miedos es interminable: miedo al padre tiránico, al matón del patio de recreo o del barrio, al capanga, que pintó Horacio Quiroga; al patrón que no sabe delegar, al maestro punitivo (como lo fue Wittgenstein), al confesor avinagrado o al policía “bravo”. Tememos el fracaso, la reprimenda, la miseria, la desocupación, la exclusión, la muerte, y aun el mero qué dirán.
Los códigos religiosos, morales y legales son manuales de gestión del miedo. De ellos abusan todas las organizaciones autoritarias, desde la escuela tradicional hasta el ejército y las llamadas fuerzas del orden. Todas ellas se proponen atemorizarnos para domarnos y obligarnos a renunciar a nuestros derechos, no sólo para instarnos a que cumplamos nuestro deber.
Los ejemplos más odiosos del manejo del miedo para sojuzgar al pueblo son los regímenes totalitarios. Cuando le preguntaron al mariscal Goering cómo se las había arreglado el Partido Nacional Socialista para transformar al pueblo más culto del mundo en un rebaño de corderos, respondió: “Los convencimos de que el gran pueblo germano estaba amenazado de muerte por los bolcheviques, socialistas, judíos, ingleses y otros enemigos”.
Todas las democracias han atravesado por períodos represivos, durante los cuales se invocaron peligros más o menos reales. Ocasionalmente, se montaron campañas de miedo, tales como el “peligro amarillo”, el maccarthismo, el llamado Proceso y la guerra contra el terror fabricada por el ex presidente Bush. Todas ellas fabricaron miedo en escala industrial. Los mandalluvias en cuestión, incapaces de resolver los problemas sociales con inteligencia y participación democrática, adoptaron la consigna “gobernar es asustar”.
Los provincianos de mi generación recuerdan el miedo que sentían cuando iban a votar bajo gobiernos conservadores, tales como los del presidente general Agustín P. Justo y del gobernador bonaerense Manuel A. Fresco. El primero había inventado el “fraude patriótico” y el segundo el “voto cantado” para impedir el retorno de los radicales.
El fraude patriótico se hacía atiborrando las urnas de votos a favor del partido dominante. El voto cantado consistía en declarar de viva voz la intención de voto en presencia de los matones del partido. Quien hacía amago de depositar su boleta en la urna era tildado de cobarde y amasado a trompadas. Se cumplía con el deber de convocar a elecciones, pero se impedía elegir libremente. Lo que es peor, se socavaba la fe en la democracia.
El ciudadano asustado no puede ser buen ciudadano, porque teme cumplir con sus deberes cívicos, incluso el de informarse sobre ellos. A mí se me hizo cuesta arriba preparar la asignatura Instrucción Cívica, porque sabía por la prensa que los gobiernos de mi juvendud burlaban sistemáticamente la Constitución Nacional. Presumiblemente, a los jóvenes soviéticos les pasaba otro tanto cuando se los obligaba a memorizar el generoso pero inane preámbulo de la carta orgánica de su país. En ambos casos, el miedo al gobierno inducía al cinismo político, y ambos, a la marginalidad política o a su dual, la esperanza en la violencia.
Es común que los fracasos de la gestión democrática sugieran la conveniencia de un “gobierno fuerte”. Pero éste no es otra cosa que una dictadura más o menos dura. Y las dictaduras pueden conseguir que los trenes marchen a horario, pero no que los ciudadanos gocen de sus derechos ni cumplan con sus deberes para con sus semejantes. En efecto: cuanto mayor es la coerción, tanto menor la solidaridad, porque el asustado se limita a sobrevivir.
En definitiva: el miedo es un factor tan importante en la política de todas las organizaciones sociales que merece que los científicos sociales lo estudien con mucho más detenimiento. Hace falta una nueva disciplina académica con sus textos, revistas y congresos: la timorlogía . La timorlogía pura o básica estudiaría el miedo. Y la timorlogía aplicada, o timortécnica, diseñaría tanto procedimientos para asustar como para resistir campañas de intimidación.
Pero, ¿qué estoy diciendo? Siempre se ha sabido cómo hacer frente a los timórcratas o metemiedos: juntándose contra ellos. Lástima que haya que vencer el miedo para ponerse a salvo del miedo. Dejemos que los timórlogos averigüen cómo romper este círculo vicioso.
Mientras esperamos los resultados de sus investigaciones, aprovechemos la principal enseñanza del gran filósofo y poeta romano Lucrecio: conocer para perder el miedo. Al encender la luz, le perdemos el miedo a la oscuridad. De aquí la importancia, tanto para la persona como para la sociedad, de hacer a un lado a los seudofilósofos posmodernos, que desprecian la claridad y denuestan la ciencia. Nec timeas, recte philosophando : no temerás si filosofas correctamente.
El último libro de Mario Bunge es Filosofía Política (Gedisa)


Angelina me madrugó un poco el chiste porque pensaba contar que no pude terminar de leer el artículo de Mario Bunge porque justo, mientras estaba entretenido divirtiéndome con su párrafo sobre las amígdalas cerebrales, recordé que tenia terapia con mi psicoanalista.
Sobre lo que dice Bunge, quien sigue muy preocupado por el criterio de demarcación, podemos discutir su popperianez (jaja) para definir qué es ciencia y qué no lo es. Pero el problema importante aparece cuando se pretende imponer la delimitación con el objeto de sobrevalorar ciertos modos de conocer en perjuicio de otros, lo que va acompañado de un impacto sobre los modos de percibir el mundo y organizarse (qué investigaciones se financian, quiénes están habilitados para opinar, qué organización política es “correcta”, etc).
Que el marxismo o el psicoanálisis sean o no científicos de acuerdo a si se trata de teorías falsables o no a mi me tiene sin cuidado (no así a muchos marxistas –Marx entre ellos, creo– y psicoanalistas), en tanto ambas teorías ofrecen posibilidades al pensamiento y la acción. No hay una sola manera de conocer, una sola institución respetable (la iglesia científica), un solo conjunto de reglas aceptables. Esto está demostrado históricamente (ja!). Existe conocimiento “no científico” sumamente valioso. Igual me resulta inaceptable otorgar igual validez y certeza a afirmaciones disímiles (la población de Chivilcoy, que por efectos biológicos inevitables cambia frecuentemente y por ende no puede arrojar un número exacto, debe poder estimarse aunque con alguna incertidumbre –¿del 5%, del 10%?–, es obvio que no se puede afirmar que allí viven 8 millones de personas). Volviendo a lo anterior: sólo digo que en algunas situaciones la falsabilidad (por dar un ejemplo de método científico) resulta apropiada y en otras no. Estoy en desacuerdo con el científicista maccartista y más de acuerdo con el anarquista epistemológico.
Con toda esta filosofía de café quería problematizar el slogan bungeano: “Al encender la luz, le perdemos el miedo a la oscuridad”. La expresión es poco atinada: iluminar destruye la oscuridad y nos presenta una realidad a la cual ya de entrada no le teníamos miedo. Encender la luz es un buen ejemplo de modificar el sistema bajo estudio al utilizar el acto de ver. O para echar más luz, aclaro: en la oscuridad suceden cosas que no suceden cuando se prende el foco. Pensar una sociedad ordenada con una caballería amable sirve bastante poco para alumbrar los múltiples problemas de una sociedad llena de contradicciones. En todo caso, vale repreguntarse una y mil veces qué es conocer y cuáles son las maneras correctas de filosofar, sin conformarnos con la opción personal del Doctor Honoris Causa Mario Bunge.
Muchas gracias Diego por tu comentario y tus reflexiones, lamentablemente los criterios de demarcación dejan de lado a sus denominadas pseudociencias y desde la vigiancia epistemológica sienten tener la autoridad y el derecho de quitar discursos y autores de las cátedras. Un abrazo. Angelina.
Me llamo Benjamín, aunque estoy un poco grande, me puse a estudiar profesorado en Filosofía en el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González” de Ciudad autónoma de Buenos Aires, soy de allí, y no estoy tampoco de acuerdo con el Dr.Mario Bunge, ya que la llamada claridad que se remonta en los orígenes de la filosofía moderna con Descartes (yo no he leído nada de Popper, pido disculpas, sobre cuyos argumentos se refiere). No tengo nada con Descartes – todo lo contrario, lo admiro- . Pero la luz contra la oscuridad al que él hace referencia: en la vida afectiva no todo es claridad, y existe una cierta hermenéutica del sujeto.