Reproducimos más abajo las excelentes reflexiones del Dr. Raúl Montenegro, Biólogo, Premio Nobel Alternativo y profesor titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba.
Ante el conclicto desatado por los reclamos de las cuatro entidades agropecuarias para bajar las retenciones que dispuso el gobierno, que tanto confusión ha generado en la sociedad, compartimos totalmente las expresiones de este colega y esperamos que sirvan para enriquecer la visión y canalizar correctamente los esfuerzos y reclamos de los diferentes sectores.
Reiteramos nuestro convencimiento de que el problema central está en las características regresivas del modelo neocolonial de monoproducción de soja transgénica en vasta escala, que ha generado una creciente concentración de la producción, de la propiedad de la tierra, de las exportaciones y de la riqueza, a la vez que povocando negativas consecuencias económicas, sociales y ambientales. Modelo que ha sido el resultados de las políticas aplicadas en los años ’90, y continuadas en los años posteriores al fin de la convertibilidad por los últimos gobiernos, gestores de esos grandes intereses, socios y partícipes en el reparto de las ganancias.
Modelo nefasto que además fue promovido y apoyado por sus principales beneficiarios: los grandes operadores de los agronegocios, los que concentran la exportación del complejo sojero, los que controlan los principales eslabones de la cadena, y quienes desde el exterior inducen a la especialización del país en la sojización. Modelo que impulsan no para mejorar las condiciones de vida de la gente, sino para acumular rentas extraordinarias, a costa de la depredación, la destrucción de la diversidad productiva y la expulsión masiva de pequeños productores.
Ni la continuidad esencial del modelo actual (como lo reclaman las cuatro entidades del agro), ni las pequeñas modificaciones al mismo que hace del gobierno (cambiar algo para que nada cambie), significan solución alguna al problema de fondo planteado. Por ese motivo, expresamos nuestra preocupación por la confusión generada, que está alineando erróneamente a la sociedad detrás de uno u otro de los grandes contendientes del conflicto, sin percatarse que todo el esfuerzo y el daño que se ocasiona no llegarán a buen puerto defendiendo a rajatablas al gobierno o a los grandes actores del modelo sojero.
Las retenciones en la actual situacion son imprescindibles, y la mayor carga tributaria sobre la producción de soja es una medida que debe profundizarse. Pero se trata de medidas insuficientes. porque sigue sin reconocerse la difícil situación de los pequeños productores, sigue el marco global económico e institucional que favorece a los grandes grupos empresariales, y porque la monumental recaudación que hace el Estado no se destina a cambiar el modelo, a promover la diversidad productiva, a procurar el desarrollo territorial y social integrado; sino para pagar las obligaciones de la deuda (esto es cumplir con el capital financiero), para subsidiar a las grandes empresas y para favorecer los negocios de los amigos del poder.
A continuación el texto anticipado, que recomendamos por su profunda significación en los actuales momentos críticos donde los más perjudicados son los más vulnerables de la sociedad.
Luis Lafferriere
Director Proyecto de Extensión
“Por una nueva economía, humana y sustentable”
Página Web del Proyecto
REHENES DE MONSANTO
(O Cómo Braman Las Cacerolas Llenas De Soja Del Obelisco, Y Nadie Oye Las Cacerolas Sin Tierra De Santiago Del Estero).
Dedicado a la gente del Mocase, y a los expulsados por la soja, la codicia, la ineptitud de los gobiernos, las topadoras y los plaguicidas.
Por Dr. Raúl A. Montenegro, Biólogo. / Premio Nóbel Alternativo (Estocolmo, Suecia) / Presidente de FUNAM / Prof. Tit. de Biología Evolutiva en la Univ. Nac. de Córdoba (Arg).
Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías. Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero. Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero. Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano. Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita. Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel. Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja. Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos. Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte. Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado. Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas. Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales. Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo. Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados. Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte. Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena. Qué duro es saber que miles de argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja. Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos. Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana. Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo. Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron. Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan. Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.

Comentarios Recientes